San Fermín 2006

Después de contarnos año tras año mil maravillas de las fiestas, esta vez el bueno de Joserra nos invitó a pasar unos días de Sanfermines en su piso de estudiantes en Pamplona. En un principio no estaba yo muy seguro de si valdría la pena el viaje, dudando de lo que realmente me encontraría allí y considerando la perspectiva de poder terminar:
- hospitalizado tras recibir diversas cornadas
- agredido por individuos gravemente alcoholizados
- tirado por los suelos y pisoteado por la muchedumbre
- en coma etílico con litros de alcohol corriendo por mis venas
- o pasándolo de puta madre y olvidándome de todo unos días.
Tras estas consideraciones previas pesó más el sentido común y decidí emprender el viaje.

Las fiestas transcurren del 6 al 14 de julio y son bien conocidas tanto por sus encierros como por su tasa de alcoholemia. Entre los eventos más destacados del día a día están: el encierro a las 8 horas, la corrida de toros a las 18:30 horas, y los fuegos artificiales a las 23 horas, sin olvidarnos del estado de fiesta permanente que se vive durante aquellas fechas. También hay varios festejos durante el día, con gigantes, cabezudos, gaiteros, verbenas,… En nuestro caso vivimos básicamente lo nocturno, así que sólo nos quedamos con la imagen de la fiesta, la borrachera, y las vaquillas corriendo por allí.

Llegamos a Pamplona el miércoles pasadas las doce de la noche y ya decidimos salir para empezar a conocer un poco la ciudad. A decir verdad cuando salimos del piso ya serían más de las dos y poco pudimos ver, claro que era la víspera del 6 de julio y la gente estaría descansando o todavía por llegar. Tan sólo había movimiento en dos o tres discotecas y algún borracho tambaleándose por las solitarias calles del centro, nada que ver con lo que se avecinaría la noche después.

Amaneció, y desde primeras horas de la mañana ya se palpaba en el ambiente que era un día especial. Todo el mundo iba de blanco y rojo: los transeúntes, los trabajadores, los niños con sus padres, el abuelo que iba a comprar el periódico, y el perro con su faja. También fue el momento a partir del que, a plena luz del sol, empezamos a familiarizarnos con el lugar. Pamplona realmente es una ciudad con encanto y merece una visita por si sola. Es una ciudad llena de parques, árboles y jardines, donde se respira un aire puro y los pájaros cantan, donde además se come muy bien, y sus gentes, los navarros y las navarras, suelen ser bastante majetes. En el centro está la parte vieja, con sus calles estrechas, edificios antiguos, monumentos y bares míticos. Alrededor la parte más moderna, que dispone de grandes avenidas, jardines y parques.

Nos pusimos en marcha pues, tras haber dormido más bien poco, y nos fuimos a un centro comercial. Allí nos abastecimos de bebidas “isotónicas”, además de algunas prendas que conforman el traje típico de fiestas, como son la faja, el pañuelo, y el blusón, una camisa negra sin botones que se suele llevar por las noches. La indumentaria de mozo, por si algún despistado no la conoce, consiste básicamente en ropa blanca, un pañuelo y una faja rojos. Recomendación: llevar camisetas cutres, pantalones y calzado deportivo, a poder ser todo viejo o del mercadillo, porque después de fiestas parece que vuelva uno de la guerra del Vietnam.

Al terminar nuestras compras faltaba ya muy poco para las 12 del mediodía, que es cuando se lanza el Chupinazo, así que nos dirigimos hacia el Casco Antiguo a toda leche con el objetivo de poder vivir aquel momento mágico (vamos que no es para tanto, en realidad sólo tiran un cohete pero la gente se vuelve loca). Llegamos a un lugar rodeado de chiringuitos de comida, con una gran pantalla en el centro mostrando imágenes en directo de la Plaza Consistorial, de la que lanzan el cohete y entonces se inicia la celebración. Así pues nos conformamos con verlo desde nuestro sitio, pues se conoce que la Plaza Consistorial en ese momento es una auténtica olla a presión y no hay quien aguante los empujones y pisoteos que uno sufre allí constantemente.

Todo estaba lleno de casetas de comida y puestos con camisetas y todo tipo de objetos relacionados con la fiesta. San Fermín es un gran negocio. Los comerciantes, feriantes, restauradores, y por extensión toda la ciudad, hacen el agosto hinchando los precios en vistas de la afluencia masiva visitantes. Otra recomendación: hay que ir con la cartera llena.

A la hora señalada todo el mundo alzó su pañuelico rojo. Se disparó el chupinazo, seguido de gritos de ¡Viva San Fermín! Entonces fue el momento de atarse pañuelo al cuello, pañuelo que llevaríamos mientras durara la fiesta. Y detrás de mí alguien me remojó toda la espalda al descorchar una botella de cava; todo un presagio del baño de alcohol que acabaría siendo aquello. Almorzamos un bocata de tortilla de patas y un plato de bravas, a modo de sofisticado brunch (breakfast and lunch), y nos dirigimos hacia el Casco Antiguo, el epicentro de la fiesta.

De todas partes veíamos llegar jóvenes cargados de botellas, y muchísima gente pimplando a pleno sol. Miles de personas con el mismo atuendo recorriendo las calles; impresionaba ver esa marea blanca y roja. El suelo ya estaba saturado de botellas, botellines, cristales rotos, plásticos, orines, alcohol, vomitonas, suciedad… y todo apestaba. Esa sería una constante casi todos los días, a pesar de los esfuerzos de los camiones de limpieza que hacían lo que podían para sacar de allí tanta inmundicia. En esas calles del centro había además gente lanzando agua desde los balcones de sus casas. Otros con más mala idea tiraban harina y huevo. Afortunadamente no fuimos rebozados. Y de vez en cuando un grupo de gente se marcaba un improvisado aurresku –el baile típico vasco- al que nos uníamos con más pena que gloria.

No muy lejos se encontraban varias carpas y pubs abiertos de par en par donde la música sonaba a todo volumen y todo el mundo bailaba mientras se continuaba bebiendo. Era un no parar. Estaba todo tan repleto que fácilmente podía ser que te pisaran, que te salpicaran de vinacho, o que algún membrillo fumador te churrascara el brazo sin querer, como fue también mi caso. Son daños colaterales que hay que asumir en San Fermín. Y a media tarde, después de un buen rato moviendo la maquinaria, nos volvimos muy cansados para echarnos una siesta hasta el anochecer.

A las once de la noche fuimos a ver los fuegos. Y es que cada día a esa hora en el parque de la Ciudadela habría fuegos artificiales. Cada vez de una compañía pirotécnica distinta participando en un concurso internacional. La verdad es que valía bastante la pena, fueron toneladas de pólvora bien empleada en un espectáculo de luz, color y explosiones mil, todo hábilmente pergeñado. Y mientras la gente se lo miraba, había allí centenares de jóvenes haciendo botellón. Era un macrobotellón en toda regla. Como reza el dicho, allá donde fueres haz lo que vieres, así que a lo largo de esas noches nosotros también bebimos cantidades ingentes de alcohol, pero eso si, siempre con moderación.

Más tarde, ya estando en estado alegre, estuvimos recorriendo los diversos pubs y discotecas de por allí. Pero es que aquello era el no parar. Por todas las calles del casco antiguo. De la plaza del ayuntamiento a la plaza del Castillo, todo abarrotado, todo masificación, todo borrachera (incluso habían hordas de guiris venidos de todos los puntos del globo para esto; hasta conocimos a un par que eran de Nueva Zelanda!).

La plaza del Castillo es un pedazo de plaza alrededor de la cual se podía encontrar la mayor concentración de borrachos, bares, pubs y discotecas de la ciudad. En el centro tenían lugar los principales conciertos, y alrededor la gente seguía bebiendo durante toda la noche y buena parte del día. Y luego estaban las carpas al aire libre, también abarrotadas de gente bailando y bebiendo, como no podía ser de otra manera.

Y a medida que iba transcurriendo la noche, el siguiente cántico se escuchaba cada vez con más frecuencia allá donde fuésemos. Todo el gentío, en un estado deplorable, se sumaba al clamor: “Alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, alcohol,… Hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”. Fue la banda sonora de las fiestas, coreada a cada momento por sus protagonistas los borrachos.

Y llegó el viernes -7 de julio San Fermín-, y dormimos, y nos despertamos de noche para ir al parque de la Ciudadela con todos los demás, y vimos los fuegos, y continuamos saliendo… Pero no podíamos haber estado por Pamplona en sanfermines sin haber visto un encierro, y es lo que finalmente hicimos a primera hora de la mañana.

En los encierros, los mozos corren delante de los toros en su recorrido de los corrales hasta la plaza, donde por la tarde serán lidiados (los toros, no los mozos). Luego en la plaza sueltan algunas vaquillas emboladas para que los mozos se luzcan o hagan el paripé. Llegamos pues a la plaza a eso de las seis de la mañana, y ya estaba todo el mundo ahí fuera esperando. Las entradas para el encierro costaban 5,50€, como ir al cine. También está la opción de entrar gratis, siguiendo el camino vallado hasta entrar en la plaza y luego subirse detrás de las vallas para ver el espectáculo en un sitio preferente. O una vez dentro quedarse en la arena a esperar ser embestido por una vaquilla, hay para todos los gustos.

Entramos y tomamos asiento cuando todavía era bastante pronto. Desde las siete una banda de músicos amenizó la larga espera, o por lo menos lo intentaron. Al llegar las ocho, es cuando se inicia el encierro y las reses son llevadas por un corto recorrido vallado por las calles del centro de la ciudad hasta la plaza. Y rápidamente empezaron a entrar mozos escopeteados a la plaza, y un poco más tarde, los astados junto con los bueyes mansos. Había tanta gente sobre la arena que por momentos era difícil vislumbrar los toros, a los cuales iban metiendo en los toriles, acompañados por los mansos y unos hombres denominados pastores que los guiaban también a base de palos.

Una vez finalizado el encierro en la plaza de toros, se iban soltando vaquillas emboladas, para que la gente intentara esquivarlas con sus filigranas, con más o menos fortuna. Era gracioso pero daba un poco de pena también. Las vaquillas no tendrían que ir emboladas, si cogen a alguien es su problema. Y sino, que pusieran a los mozos con las manos emboladas también, para que no pudieran agarrarlas por los cuernos… (ya que cuando hacían eso el público les gritaba y les decían de todo menos guapos, aparte de que aplaudían si las vaquillas cogían a algún despistado).

El sábado, como era de esperar, nos levantamos tarde por la tarde, pasamos por el supermercado, comimos algo por ahí, y nos encaminamos una vez más hacia a la Ciudadela con nuestras botellas de Coca-Cola y Fanta Limón, como tantos otros jóvenes. Fue seguramente el día más concurrido de gente en el tiempo que estuvimos allí. La explanada de la Ciudadela estaba mucho más llena que las noches anteriores, como si todo Pamplona quisiera ver desde allí la pirotecnia. De hecho incluso hubo muchos que no encontraron lugar y se quedaron de pie en medio de todo, impidiendo así la visión a muchos ya sentados y provocando sus abucheos, que fueron en vano. Tras unos instantes de masificación total y crispación, los fuegos murieron con la traca final, mucha gente se marchó, y los demás continuamos con el ritual.

Y posteriormente estuvimos una noche más de juerga, la última, en algunos locales de las asociaciones de fiestas intentando quemar los últimos cartuchos que nos quedaban, pero el cansancio acumulado ya iba dejando mella. Me parece que aun no había amanecido cuando volvimos al piso, pues el día siguiente tendríamos que “madrugar” para emprender el largo viaje de vuelta a casa, y retomar así una vida normal tras una fiesta descomunal e inolvidable.

¡Gora San Fermín!

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