Alfonsete García no esperó a cumplir los dieciséis para empezar a pilotar la motocicleta de su abuelo. Era una pequeña scooter roja que chirriaba endiabladamente. Fue a un descampado a probarla hasta que, al cabo de pocos minutos dando vueltas en círculo, intentó hacer el caballito y se cayó. Como consecuencia de tan aparatosa caída, se abrasó un poco la cara contra la grava y se rompió un brazo. La moto se partió por la mitad. Más adelante estuvo trabajando durante varios meses como mozo de almacén, todo para poder comprarse finalmente la scooter de sus sueños, o la motiky, motito, motuky, o motiko, como a él le gustaba llamarlas. Y otra vez sucedió la desgracia. Nada más salir del concesionario, no se lo pensó dos veces y dio gas a fondo. Tan inconsciente era que se salió de la primera curva y se empotró contra una pared. Aunque fue una ostia considerable, las heridas no revistieron de gravedad, más allá de otros tantos rasguños en la cara que le dejaron hecho un muñeco siniestro. Ahí además de lastimarse su persona física, se lastimó también en su orgullo de intrépido corredor de ciclomotores. La moto quedó para el desguace municipal.
Tuvieron que pasar un par de años para que Sete, como le llamaban, empezara a recuperar la moral necesaria para volver a las motos. Gracias al maquillaje de su madre estaba algo más guapo. Se había tatuado una moto en la espina dorsal. También se afeitó una cenefa en la cabeza a modo de llamaradas. Sete era todo velocidad. A través de sus contactos en talleres y desguaces, logró hacerse con una auténtica Derbi Variant. El hecho de que la comprara a buen precio a un gitano, y que por lo tanto pudiera ser robada, poco le importaba ya. Esta vez sí, pudo pasearse triunfalmente por las calles más céntricas de su ciudad, con ese ciclomotor que rugía como una colmena de abejas asesinas. Un medio de locomoción ágil, implacable, eficaz. Y robusto, porque a pesar de su ligera apariencia aquella Variant aguantaría hasta un desastre nuclear. No tardó en colocarle diversas pegatinas de las catedrales del sonido, a las que iba a desfasar con sus amigos cada fin de semana. Tampoco faltaron las pegatas de fabricantes de carburante, marcas de tabaco, o del mismísimo Ghost Rider. Con el tiempo la Variant se convirtió casi en una extensión de si mismo. Pero no tenía suficiente. Así que la fue llevando a todos los amigos mecánicos que tenía para que la trucaran con modificaciones que sobrepasaban de mucho la legalidad vigente, siempre intentando romper todo límite de velocidad. Paulatinamente se iba gastando el poco dinero que ganaba en nuevas ampliaciones, hasta que logró una verdadera joya de ingeniería, una obra de orfebrería, una Derbi Variant tuneada hasta los dientes. Él amaba la velocidad y el riesgo, así que lejos de proteger su cuerpo cual motero experimentado, sencillamente llevaba un casco quitamultas, otramente llamado calimero, y una chaquetilla moderna con parches. Se había convertido en todo un peligro de la carretera, un temerario e inconsciente hijo de puta.
Un buen día, y de manera absurda, selló un pacto con el diablo para su carrera definitiva. Se adentró en la autopista y aceleró hasta alcanzar fácilmente los 200 km/h. Adelantaba a los demás vehículos de un modo vertiginoso, los cuales se veían sobrepasados por un ridículo ciclomotor a reacción. Sin que aquello le pareciera suficiente, llegó a hacer el caballito a 300 km/h. Rápidamente ardió en llamas, y su semblante feísimo se tornó cadavérico. Circuló así durante varios kilómetros, dejando una estela de fuego a su paso. Su sueño se había hecho realidad. Ya entonces fue cuando Satán decidió enviarlo directo al infierno. Alfonsete se machucó el cráneo contra una valla de hormigón armado. Su Derbi Variant quedó intacta. En el punto donde Alfonsete montó en moto por última vez, la goma quemada en el asfalto había dibujado le efigie del Ghost Rider, que quedó imborrable para siempre. Así se forjó la leyenda. Desde entonces, Dios viaja en una Derbi Variant.
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