La semana pasada estuve de camping en Roses con unos amigos. En general todo fue bastante bien, sin embargo me jodió que se cambiaran los planes que teníamos de ir a hacer turismo por pasar la mayor parte del tiempo de fiesta o playa. Vale, que somos jóvenes y tal, pero yo no me voy de viaje para hacer lo mismo que podría hacer un sitio turístico como Salou, que lo tengo al lado. De hecho los dos pueblos guardan alguna similitud: los dos están enfocados al turismo de sol y playa. Lo que les diferencia es que Salou está hecho una mierda y Roses todavía tiene su encanto.
Salou, y lo digo de primera mano porque es el ejemplo más cercano que tengo, es un cúmulo putrefacto de chiringuitos y hoteles a primera línea de costa, rebosante de bares, pubs, y discotecas. Está masificado hasta límites insospechados: en sus playas es difícil encontrar un sitio para dejar la toalla, y en sus aguas conviven en armonía guiris, medusas y compresas. En Roses, en cambio, si bien no se puede decir que el turismo no haya dejado huella, lo nos que encontramos fue un pueblo bastante menos concurrido. Allí no hay turismo de borrachera: parece que sus veraneantes van buscando algo más de tranquilidad. Apenas hay sitios para salir de noche, salvo desplazándote en coche hacia otras localidades de la zona, como Empuriabrava. Las playas de Roses están limpias, se puede pasear por ellas sin agobio, y el agua, fresquísima e impoluta, invita a bañarse. Todo esto, junto con su ubicación en el marco incomparable de la Costa Brava, hace del pueblo un emplazamiento ideal para empezar a descubrir los encantos de la zona.
Tan sólo un día, de los cuatro que allí pasamos, lo dedicamos a turistear por Cadaqués, Cap de Creus y Port de la Selva. La tierra de Dalí, de fuertes vientos, excelentes playas, y entrañables pueblos costeros. El resto del nuestro tiempo fue un combinado de fiesta, sol, y playa, entre Roses, l’Escala y Empuriabrava. Mi gozo en un pozo, asumí el atolondramiento de mis compañeros de viaje. Aproveché para ponerme más moreno que el negro de Banyoles, y también para quemar hasta el último cartucho entre pubs, discotecas, y un conciertaco que hubo con motivo de la fiesta mayor del pueblo. Y hay que reconocer que unos días de relax y desmadre vienen bien a cualquiera.
Hay veces que apetece viajar para ir de fiesta y otras para visitar los lugares. En el equilibrio está la perfección, ¿no?
Yo también hubiese querido visitar algo de allí, aunque en Roses sólo he estado una vez y no vi nada tampoco. xD
Saludos.